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I was born in Barcelona and with my height and sculpted body sculpted with My massages are very relaxing and stimulating. I use my knowledge of oriental techni Retrocedió un paso con pie vacilante. Agua en los pulmones. Dentro de doce meses, tal vez antes, la inflamación y el dolor harían salir el agua que luego se acumularía en los pulmones.

Y entonces vino el ataque de tos, tan violento que quienes se hallaban a su lado se apartaron involuntariamente. El consejero de Asuntos Exteriores Bernt Brandhaug atravesó el pasillo a grandes zancadas.

Hacía treinta segundos que había dejado su despacho y tardaría otros cuarenta y cinco en llegar a la sala de reuniones. Latissimus dorsi -musculatura de la espalda-.

No era él hombre que se preocupase por su aspecto, pero estaba convencido de que era un individuo agradable a la vista. Lise acababa de terminar la carrera de derecho y era hija de un compañero de carrera. Había empezado a trabajar allí hacía menos de tres semanas. No es que fuese a ocurrir. Antes de llegar a la puerta abierta, oyó el murmullo de las voces. Lanzó una fugaz mirada por la sala y constató que habían acudido los representantes de todas las instancias convocadas.

Aquél era uno de los trucos de Brandhaug: Aquello los hacía sentirse inseguros. El hecho de haber usado las siglas JG -la abreviatura de uso interno para referirse al jefe de grupo- le había causado especial satisfacción. El secretario del gabinete del primer ministro parecía dispuesto a tomar las riendas.

Un papel que cruje, el clic de los bolígrafos -en reuniones importantes como aquélla, la mayoría de los jefes tomaban sus propias notas como referencia, ante la eventualidad de que después, si algo salía mal, empezasen a culparse unos a otros-.

Todas las cabezas se volvieron hacia él. Siempre el mismo panorama. En Australia, el presidente se presentó con un séquito de dos mil personas; en Copenhague, eran mil setecientas.

La respuesta es bien sencilla. Se trata de la consabida retórica del poder de toda la vida. Había leído la frase en el diario vespertino Aftenposten.

Con una palmada, añadió:. Quedan prohibidas las vacaciones y los días de fiesta. Y también las bajas por enfermedad. Le hizo un gesto a una mujer que tenía a su lado. Brandhaug posó su mirada en ella. La mujer iba, constató, sin maquillar y llevaba una melena de color castaño oscuro, de corte recto, recogida con un pasador poco elegante.

En cuanto al traje, una especie de saco azul de lana, era simplemente soso. Sin embargo, pese a que la mujer había adoptado la exagerada expresión que él tan a menudo había visto en las profesionales que temían que no se las tomara en serio, le gustó lo que veía. La había visto antes, pero con otro peinado. Tal vez acabara de separarse: Por el rabillo del ojo, vio que la comisario jefe hacía lo mismo. Una joven inteligente, licenciada en derecho y con una hoja de servicios impecable.

Tal vez debiera invitarlos a ella y a su marido a cenar trucha en casa alguna noche. Brandhaug y su mujer vivían en un espacioso chalé de madera en la frontera con Nordberg.

Bernt Brandhaug adoraba su casa. A su esposa le parecía demasiado oscura y decía que aquellos maderos tan negruzcos la asustaban y tampoco le gustaba verse rodeada de tanto bosque. Sí, una invitación a cenar. Sólidos maderos y truchas que hubiese pescado él mismo. Era la imagen adecuada. Kennedy, en , y… -Dirigió la mirada a la mujer de pómulos marcados, que le sopló el nombre-. O, al menos, su casa. Pero no contamos ese tipo de incidentes, pues entonces habría muchos. Tragó saliva al notar que todos lo miraban y se esforzó por mantener la vista fija en Meirik, aunque no pudo evitar dirigirla a Brandhaug.

El consejero de Exteriores le hizo un guiño reconfortante. Puesto que los atentados han resultado ser tan contagiosos como los suicidios. La mujer de los pómulos salientes le entregó un documento a Meirik, que volvió a ponerse las gafas antes de empezar a leer. El recuerdo provocó una mueca forzada en Kurt Meirik. Cuando revisaron el apartamento del sujeto, hallaron dos granadas de mano y una carta de despedida en la que explicaba los motivos de su suicidio.

Todo se acalló después de que uno de los funcionarios responsables del control de seguridad firmase su propio despido. Brandhaug había olvidado el nombre del funcionario, pero la colaboración con Meirik se había desarrollado sin contratiempos desde entonces.

Ahora sí que tenemos mucho interés en escuchar lo que tengas que decir. La mirada de Brandhaug se deslizó fugaz hacia la ayudante de Meirik, pero no tan a la ligera que se le escapase el detalle de que también ella lo miraba.

Sopesó la posibilidad de sostenerle la mirada, de ver qué tipo de expresión surgía de ellos cuando ella descubriese que él se fijaba en ella, pero desdeñó la idea. El anciano abrió los ojos y contempló la silueta de la cabeza que lo observaba desde arriba, pero el rostro desapareció en un halo de luz blanca. Él no respondió, pues no sabía si tenía los ojos abiertos o si sólo estaba soñando. O si, tal y como preguntaba la voz, ya estaba muerto. Algo que había leído en un poema.

Sobre el rey que huyó a Inglaterra. Las pupilas empezaron a habituarse de nuevo a la luz y recordó que se había tendido sobre el césped del parque de Slottsparken para descansar un poco. Y había debido de quedarse dormido. Sentado a su lado había un niño. Un par de ojos castaños lo contemplaban asomando entre un negro flequillo. Algo apartadas del lugar en que ellos se encontraban, había dos mujeres morenas y robustas sentadas en el césped; a su alrededor alborotaban cuatro niños.

Extendió la mano y le pellizcó la nariz a Ali. El niño chilló encantado. El viejo dedicó una sonrisa a la mujer, pero ella esquivó su mirada y, en cambio, miró con expresión severa a su hijo, que, finalmente, obedeció y se marchó trotando hacia ella. Cuando se volvieron, los ojos de la mujer pasaron sobre su figura como si fuera invisible.

Sintió deseos de explicarle que no era un vagabundo, que él había participado en la construcción de aquella sociedad. Pero no tuvo fuerzas, estaba tan cansado que sólo quería llegar a casa.

Descansar, y entonces ya vería. Era hora de que otros empezasen a pagar. Harry le propinó una patada a la papelera que había junto a su escritorio y la estrelló contra la pared contigua a la mesa de Ellen, desde donde salió despedida rodando mientras su contenido se esparcía sobre el suelo de linóleo: No te lo vas a creer, pero ese astuto de Krohn nos ha pillado en la prestación del juramento.

Krohn se dio cuenta de que uno de los miembros era nuevo. Y de que el juez no le había tomado juramento en la sala de vistas. El caso es que ahora resulta que la sentencia dice que el juez había juramentado a la señora en la antesala de la sala de vistas, justo antes de que empezase el juicio. Atribuye la irregularidad a la falta de tiempo y a las nuevas reglas.

Harry arrugó y arrojó el fax, que describió un largo arco antes de caer a medio metro de la papelera de Ellen. Tras los ocho meses que ha pasado en prisión preventiva, es muy probable que Sverre Olsen sea, a estas alturas, un hombre libre.

En realidad, Harry no se dirigía a Ellen, que ya conocía todos aquellos detalles. Se pasó ambas manos por la sudorosa coronilla que, hasta no hacía mucho, había estado cubierta por una capa de cabello rubio y corto. Que se lo hubiese cortado al cero se debía a una razón muy concreta: Harry fue y se rapó el pelo inmediatamente.

Ellen le había sugerido que se lo afeitase. Un buen trabajo de la defensa, eso sí. Algo hay que sacrificar en el altar de la seguridad judicial. Harry apoyó la frente contra el cristal refrescante. Hacía otro de aquellos atípicos y calurosos días de octubre. A saber si aquella educación no era la idónea para aprender a ser descarada. Es porque gana cada vez que acepta la defensa de uno de ellos.

Con el torso desnudo, los brazos en jarras y los dientes salidos. Vamos, todo el equipo. En fin, es toda tuya. Tomó un papel amarillo en el que Ellen había anotado algo antes de pegarlo al teléfono que Harry tenía delante. La joven de sonrosadas mejillas que estaba ante la fotocopiadora alzó la vista de repente y sonrió cuando Harry pasó por su lado, pero él no se molestó en devolverle la sonrisa.

Sería una de las nuevas administrativas. Su perfume era tan intenso y dulzón que lo llenó de irritación. Miró el segundero del reloj. Así que empezaban a irritarle los perfumes; en fin. Ellen decía que carecía de impulsos naturales, eso que hace que la gente vuelva a levantarse casi siempre.

Después de volver de Bangkok, se sentía tan hundido que sopesó la posibilidad de renunciar a subir de nuevo a la superficie. Como si se encontrase bajo el agua, a mucha profundidad. Y sentía una paz tan benefactora… Cuando la gente le hablaba, las palabras se le antojaban burbujas de aire que surgían de sus bocas para subir a toda prisa y desaparecer.

Tan sólo el vacío. En efecto, durante las primeras semanas después de su vuelta a casa, ella fue quien lo animó cuando él empezó a pensar que debía tirar la toalla y marcharse. Y fue ella quien se ocupó de que no anduviese por los bares, quien le recomendaba que respirase hondo cuando llegaba tarde al trabajo y le decía si estaba o no en condiciones de enfrentarse a la jornada laboral. Quien lo había enviado a casa un par de veces sin reprocharle nunca nada.

Le había llevado tiempo, pero Harry no tenía nada urgente que hacer. Y Ellen asintió satisfecha el primer viernes que ambos constataron que había pasado sobrio toda una semana, sin interrupción. Al final, él le preguntó sin rodeos por qué una mujer como ella, con el título de la Escuela Superior de Policía y la licenciatura en derecho a su espalda y con todo un futuro de posibilidades ante sí, se había atado al cuello aquella piedra voluntariamente.

Ella le dirigió una mirada grave antes de responder que sólo lo hacía para sacar provecho de su experiencia, que él era el mejor investigador criminal del grupo de delitos violentos. En algunos casos, muy bueno. Como el que había llevado a cabo con Sverre Olsen.

Harry le hizo un gesto de pasada a un oficial de uniforme que fingió no verlo. Empezaba a pensar en los términos que solían emplear en los programas de mierda de la cadena TV3. Claro, así terminaba uno cuando se pasaba cinco horas al día ante el televisor. Llevaba el pelo corto al modo que Hole había visto recientemente en el peinado que Kevin Costner lucía en la película El guardaespaldas.

En realidad, llevaba quince años sin ir al cine. En efecto, el destino lo había provisto de demasiado sentido de la responsabilidad, de unos días demasiado cortos, de dos niños y de una esposa que lo entendían sólo a medias.

La fotografía de dos pequeños pintados como indios salvajes marcaba una especie de centro lógico en medio del caos.

Y aquélla era tan sólo una de las cualidades que Harry valoraba en su jefe. Su jefe asintió y le tendió un cenicero repleto de colillas. La semana pasada fue noticia de primera plana en todos los periódicos. Una seria desventaja para la vida social. Y para la vida amorosa -añadió. Ni el del presidente de Israel. Era muy propenso a la risa. Como lo era a sentir simpatía por aquel subordinado algo maltrecho cuyas grandes orejas sobresalían de la calva como las vistosas alas de un pajarillo.

Había pensado en Tom Waaler…. Racista, un hijo de puta con orientación exclusiva al puesto que no tardaría en anunciarse como vacante en la jefatura.

Los resultados que había obtenido como investigador eran tan notables que incluso Harry se veía obligado a admitir que se merecía el inevitable ascenso. Y te estaré eternamente agradecido por ello. Siempre hay una agenda oculta. Ésta no es peor que otras. Haz un buen trabajo y los dos sacaremos provecho. Harry resopló dispuesto a decir algo, se detuvo, quiso comenzar de nuevo, pero desistió. Echó mano del paquete y sacó otro cigarrillo.

Y también que no estoy en condiciones de asumir responsabilidades. Harry dejó el cigarrillo entre los labios, sin encenderlo. Y con el mínimo de superiores, por cierto. Harry mordió el filtro del cigarrillo. Después, estalló la risa refrescante de una mujer. El día anterior, alguien había hablado en la televisión de tiempo lento. Toca el maldito claxon, puede que se trate de un agente del Servicio Secreto.

El tiempo que transcurría en la silla eléctrica antes de que conectasen la corriente…. Y, de repente, el tiempo se aceleró con inusitada violencia. Los cristales ahumados se volvieron blancos antes de caer hechos añicos sobre el asfalto en una lluvia de fragmentos de vidrio, y Harry tuvo el tiempo justo de ver desaparecer un brazo bajo el borde de la cabina antes de que el sonido susurrante de los lujosos coches americanos apareciese para desaparecer enseguida. Se quedó mirando fijamente la cabina.

Un par de hojas amarillas se habían arremolinado surcando el aire al paso del cortejo, antes de volver a posarse sobre un seto de césped sucio y gris. Él seguía mirando la cabina. Volvía a reinar la calma y, por un instante, logró pensar simplemente que se encontraba en una estación de peaje noruega normal y corriente, en un día de otoño normal y corriente y que al fondo se veía una estación de servicio Esso normal y corriente.

Incluso el frío aire matutino olía como siempre: Y hasta se le ocurrió pensar: Su mirada persistía fija en la cabina cuando el tono quejumbroso y pertinaz de la bocina del Volvo que había a su espalda dividió el día en dos. Los destellos iluminaron el cielo de la noche, tan gris que parecía una lona sucia tensada sobre el paisaje desolado que los rodeaba. Puede que los rusos hubieran iniciado una ofensiva, puede que sólo quisieran hacerles creer que esas cosas nunca se sabían hasta después.

Gudbrand estaba echado sobre el borde de la trinchera con ambas piernas dobladas bajo el cuerpo, agarraba el fusil con las dos manos y escuchaba los sordos estruendos lejanos, mientras miraba los destellos que caían lentamente. Sabía que no debía mirarlos, pues podían producir ceguera nocturna e impedirle así ver a los francotiradores rusos que se deslizaban por la nieve allí, en tierra de nadie.

Pero de todos modos no los podía ver, nunca había visto ninguno, solamente había disparado por indicación de los otros. Unos eran valles anchos, otros eran profundos, sombríos y poco poblados, como el hogar de Gudbrand.

No Daniel Gudeson, con su frente alta y despejada, sus brillantes ojos azules y su blanca sonrisa. Daniel parecía recortado de uno de los carteles de captación. Procedía de un lugar con vistas. No había un solo matojo en aquel paraje bombardeado. Un rastro de fuego. O al menos ésa era la sensación que daba.

Gudbrand pensaba que era imposible que una bala tan lenta pudiera matar a nadie. Su cara casi no se distinguía del uniforme de camuflaje, y los ojos pequeños y muy juntos miraban fijamente a la oscuridad. Gudbrand no sabía por qué se había alistado para luchar en el frente, pero había oído que sus padres y sus dos hermanos eran miembros de la Unión Nacional, que llevaban un brazalete y que delataban a los vecinos por la simple sospecha de ser patriotas normales.

Gudbrand miró fijamente a la oscuridad blanquecina. Nieve blanca, trajes de camuflaje blancos, destellos blancos. El cielo se iluminó otra vez. Toda clase de sombras corrían por la nieve endurecida.

Gudbrand volvió a mirar hacia arriba. Destellos amarillos y rojos sobre el fondo del horizonte, seguidos de varias detonaciones lejanas. Era tan irreal como en el cine, con la diferencia de que estaban a treinta grados bajo cero, y no había nadie a quien abrazar. Entonces, de repente, se oyó un agudo silbido, un grito de advertencia, y Gudbrand se lanzó al fondo helado de la trinchera con las manos sobre la cabeza.

Llovían trozos de tierra marrones y congelados, y uno dio en el casco de Gudbrand, que se le escurrió y le tapó los ojos. Reinaba el silencio y un fino velo de partículas de nieve se le pegaba a la cara. Dicen que uno nunca oye la granada que lo alcanza, pero Gudbrand había visto el resultado del silbido de suficientes granadas como para saber que no era verdad. Daniel se deslizó dentro de la trinchera, sacudiéndose nieve y trozos de tierra. Y le dedicó una amplia sonrisa. Sus pequeños ojos saltaban de uno a otro como para preguntar si alguno de ellos creía en la fanfarronería de Daniel.

Salió por el otro lado. Se dio la vuelta, colgó el fusil del hombro, encajó la bota en la pared congelada y saltó otra vez al borde de la trinchera.

Daniel cogió la pala y se levantó. Con el uniforme blanco de invierno recortó una silueta en el cielo negro y el destello parecía suspendido como una aureola encima de la cabeza. Ese chico tan prudente del valle de Mjöndalen. Rara vez levantaba la voz a los veteranos del grupo, como Daniel, Sindre y Gudbrand.

Y esas broncas les habían salvado la vida a muchos de ellos. Ahora, Edvard Mosken miraba fijamente a Daniel con su ojo siempre abierto. Nunca lo cerraba, ni cuando dormía, eso lo había visto el propio Gudbrand. A Gudbrand no le gustaba esa mirada penetrante de Sindre, le recordaba a otro granjero que había estado allí. Se había vuelto loco, se meó en los zapatos una noche antes de hacer la guardia y después tuvieron que amputarle todos los dedos de los pies.

Pero ahora estaba en Noruega, así que a lo mejor no estaba tan loco después de todo. En cualquier caso, tenía la misma mirada penetrante. Nadie sabía exactamente por qué se había alistado. Dale afirmaba que sentía admiración por Hitler, pero que no tenía ni idea de política. Daniel creía saber que Dale había querido escapar de una chica embarazada. Hay muchos esta noche. Nadie dijo nada, parecían ensimismados. Pero Gudbrand sabía que, como él, estaban alerta.

Todos habían oído los rumores sobre los rusos que se escapaban de Leningrado cruzando el hielo del lago Ladoga. Pero lo peor era que el hielo también hacía posible que el general Tsjukov consiguiese provisiones para la ciudad sitiada. Pero ya no acudían tan a menudo, y los dos desgraciados con los ojos hundidos que Gudbrand había visto la semana anterior los miraban incrédulos cuando vieron que ellos estaban igual de flacos. Gudbrand dio un paso hacia Sindre, que se puso firme enseguida.

Sin embargo, a pesar de que Sindre le sacaba por lo menos una cabeza, era evidente que tenía muy pocas ganas de pelear. Probablemente se acordaba del ruso que Gudbrand había matado hacía unos meses.

Los salvaron las pulgas. Gudbrand había sacado la bayoneta en un frustrado intento de librarse de las pulgas, cuando el ruso se apostó a la puerta para empezar a tirar. Gudbrand sólo vislumbró la silueta, pero enseguida comprendió que se trataba del enemigo, en cuanto vio en alto el contorno de un rifle Mosi-Nagant. Deberías dormir un poco, Gudbrand, hace una hora que te relevaron. Miró a los otros hombres que habían seguido el incidente en silencio. Empezaron a patear la nieve otra vez y a hablar en voz baja entre ellos.

Gudbrand vio cómo Edvard se acercaba a Hallgrim Dale y le susurraba al oído. Dale escuchó y miró de reojo a Gudbrand, que sabía perfectamente lo que decía. Había orden de vigilarlo. Y que no eran de fiar. Mosken les había preguntado directamente si tenían planeado desertar juntos. Ellos lo negaron, por supuesto, pero ahora Mosken pensaría seguramente que Daniel había aprovechado la ocasión para escapar.

A Gudbrand le daban ganas de reír. Gudbrand estiró el brazo hacia abajo para asegurarse de que llevaba la bayoneta colgada del cinturón debajo del uniforme de camuflaje. Gudbrand giró en redondo y allí, justo por encima de él, vio una cara rojiza bajo un gorro de uniforme ruso, que le sonreía desde el borde de la trinchera.

El sujeto saltó desde el borde y aterrizó sobre el hielo al estilo de Telemark. Deberías llamarles la atención a esos holandeses. Tienen por lo menos cincuenta metros entre los puestos de escucha. Hasta le recé el padrenuestro y canté una canción. Estoy seguro de que lo oyeron al otro lado. Vaya, también sabía escribir. Bueno, de todos modos, era un bolchevique.

Hubo un momento de silencio antes de que estallaran las risas. Y los primeros hombres se acercaron para darle a Urías unas palmaditas en la espalda. Hacía frío en el puesto de guardia de las ametralladoras. Gudbrand llevaba encima toda la ropa que tenía, pero aun así tiritaba y había perdido la sensibilidad en los dedos de pies y manos.

Lo peor eran las piernas. Se las había envuelto en los nuevos trapos para los pies, pero no eran de gran ayuda. Miraba fijamente la oscuridad. No habían oído nada de Ivan aquella noche, tal vez estuviese festejando el Fin de Año.

Cordero con col o carne ahumada. Gudbrand sabía perfectamente que los rusos no tenían carne, pero él no conseguía dejar de pensar en comida. A ellos no les habían dado otra cosa que la ración habitual de pan y lentejas.

El pan tenía un evidente color verdoso, pero ya se habían acostumbrado. Y si llegaba a estar tan mohoso que se deshacía, lo usaban en la sopa. Se acurrucaron uno al lado del otro, manteniendo las cabezas bajas. Daniel llevaba el gorro del militar ruso. El casco de acero con la insignia de la Waffen-SS estaba a su lado.

Gudbrand entendía por qué. Había en la forma del casco algo que hacía que el viento helado y constante pasase por debajo del canto delantero produciendo en el interior un sonido continuo y enervante que resultaba muy molesto cuando estabas en un puesto de escucha.

No puedo distinguirlos, no sé cómo, los colores se mezclan. El termómetro señalaba veinticinco grados bajo cero. El año pasado habían estado a cuarenta y cinco bajo cero varias noches seguidas. Gudbrand se consolaba pensando en que las pulgas se paralizaban con ese frío, no empezaría a sentir la necesidad de rascarse hasta que terminase la guardia y se metiese bajo la manta de la litera.

Pero aquellos bichos aguantaban el frío mejor que él. Una vez hizo un experimento, dejó la camiseta fuera, en la nieve, durante tres días seguidos. Cuando se llevó la camiseta dentro, estaba tiesa como un témpano de hielo, pero cuando la calentó delante de la estufa, la vida volvió a despertar en sus costuras y la arrojó al fuego, de puro asco.

Después mi madre servía dos lonchas en cada plato y las cubría con una salsa, marrón tan espesa que tenías que removerla para que no se cuajase del todo. Y estaba aderezado con muchas coles de Bruselas, frescas y crujientes.

Deberías ponerte el casco, Daniel. O pastel de chocolate. No era un postre corriente, era algo que mi madre había traído de Brooklyn. Daniel escupió en la nieve. Normalmente, las guardias en invierno eran de una hora, pero tanto Sindre Fauke como Hallgrim Dale estaban en cama con fiebre, y Edvard Mosken, el jefe del pelotón, había decidido aumentarla a dos horas hasta que se pudiese contar con todos. La nieve crujía y Daniel levantó la cabeza. No mucha, pero habían visto liebres y zorros. Por supuesto, ellos intentaban cazar lo que veían, todo era bien recibido en la olla.

Gudbrand se pasó la mano por los labios doloridos y miró el reloj. Quedaba una hora para el cambio de guardia. Sospechaba que Sindre se había metido tabaco por el ano para provocarse la fiebre, sería capaz. Así es el capitalismo. La gente humilde trabaja duro, mientras los ricos siguen engordando, ya corran buenos o malos tiempos. Cuando ganemos la guerra, Hitler tiene una pequeña sorpresa reservada para esa gente. Deberías hacerte miembro de la Unión Nacional. A Gudbrand no le gustaba contradecir a Daniel, así que intentó limitarse a encogerse de hombros, pero Daniel repitió la pregunta.

Pero, ante todo, creo en Noruega. Y confío en que no se nos metan los bolcheviques en el país. Si lo hacen, nosotros por lo menos, nos volveremos a América. Una democracia en manos de los ricos, abandonada al azar y a gobernantes corruptos. Inglaterra y Francia estaban a punto de hundirse mucho antes del comienzo de la guerra, podridas de paro y explotación por todas partes. Sólo hay dos personas lo bastante fuertes como para evitar el caos ahora: Ésas son las opciones que tenemos.

Casi no hay nadie en Noruega que haya comprendido la suerte que supuso para nosotros que los primeros en llegar fuesen los alemanes y no los matarifes de Stalin. No sólo por lo que decía Daniel, sino por el modo en que lo decía, con aquel grado de convicción. De repente, todo estalló y el cielo se inundó de un resplandor blanco, la pendiente se abrió en dos y los destellos amarillos se tornaron marrones y blancos por la mezcla de tierra y nieve que parecía alzarse del suelo por sí misma cada vez que caía una granada.

Gudbrand estaba en el fondo de la trinchera con las manos sobre la cabeza cuando el ataque terminó, tan pronto como había empezado. Daniel señaló el reloj y Gudbrand empezó a comprender. Y este verano, estaremos en casa y seremos vitoreados como héroes en nuestra querida Noruega.

La luz de los destellos que descendían despacio se reflejaba en el cristal y, durante los años siguientes, Gudbrand se preguntaría una y otra vez si no sería aquello lo que vio el francotirador ruso: Un minuto después, Gudbrand oyó un sonido breve y sordo y la botella explotó en la mano de Daniel.

Llovieron trozos de cristal y gotas de coñac y Gudbrand cerró los ojos instintivamente. Notó que se le mojaba la cara, algo le fluía por las mejillas y, en un acto reflejo, sacó la lengua y paladeó unas gotas. Era viscoso, seguramente debido al frío, pensó Gudbrand abriendo los ojos. No podía ver a Daniel en el borde de la trinchera. Pero enseguida notó que se le aceleraba el corazón. Gudbrand se levantó y gateó hasta el borde.

Daniel estaba tumbado boca arriba con la cartuchera debajo de la cabeza y la gorra del uniforme sobre la cara. La nieve aparecía regada de sangre y de coñac.

Gudbrand retiró la gorra. Daniel miraba el cielo estrellado fijamente y con los ojos muy abiertos. Tenía un agujero grande y negro abierto en medio de la frente. Sólo era un susurro que escapó de entre sus labios resecos.

Dejó escapar un sollozo y empezó a tirar de la manivela de la sirena, y mientras los destellos caían despacio, el lamento penetrante de la sirena se elevó hasta el cielo.

Al final, Edvard se acercó y la detuvo con la mano. El canto de la sirena disminuía hasta perderse. Cuando se llevaron a Daniel, tenía cristales de nieve debajo de la nariz, en la comisura de los ojos y en los labios. Le prometieron que enviarían a dos enterradores durante la noche.

Entonces el jefe del pelotón ordenó a Sindre que se levantase de la cama y se encargase del resto de la guardia junto con Gudbrand. Lo primero que tenían que hacer era limpiar el fusil manchado. Estaban echados uno junto al otro en el borde de la trinchera, en el estrecho hueco desde el que podían observar la tierra de nadie. Gudbrand se dio cuenta de que no le gustaba estar tan cerca de Sindre.

Gudbrand no notaba el frío, como si tuviese el cuerpo y la cabeza rellenos de algodón, como si ya nada le afectase. Todo lo que sentía era el metal helado que le quemaba el cuerpo y los dedos entumecidos que no querían obedecer. Lo intentó otra vez. La culata y el mecanismo del gatillo de la ametralladora estaban ya en la manta de lana que había a su lado, en la nieve, pero lo peor era aflojar el cerrojo.

En Sennheim se habían entrenado en desmontar y montar la metralleta con los ojos vendados. Pero cuando no podías sentir los dedos, era distinto. Es toda esa sangre, ha hecho que se congelen las piezas. Se quitó las manoplas, puso la boca de la pequeña botella de lubricante en el cerrojo y apretó.

El frío había vuelto el líquido viscoso y espeso, pero sabía que el aceite disolvería la sangre. Cuando se le inflamó el oído, también había utilizado lubricante. Miró a Gudbrand y sonrió enseñando los dientes, afeados por unas manchas de color marrón. Sindre apartó el dedo-. Porque, de haberlo hecho, no habría vuelto de la tierra de nadie aquella noche. Os oí hablar de ir al otro lado. Sí, erais, bueno…, muy buenos amigos, vosotros dos.

Al principio, Gudbrand no lo oía, las palabras parecían venir desde muy lejos. Pero después le llegó el eco y, de repente, sintió que su cuerpo volvía a entrar en calor. Vamos a morir aquí, como cabrones. Si tienes contactos, quiero decir.

Hallgrim Dale y yo. Antes de que sea demasiado tarde. Gudbrand encogió los dedos de los pies en las botas. Era una sensación caliente y agradable. También sentía otra cosa. Hasta el zumbido del interior del casco había cesado. Y no ahora, sino después de la guerra. Gudbrand metió la mano por dentro del uniforme y sacó la bayoneta.

La luz de la luna brilló en la hoja mate de acero. Sindre negó con un gesto. Es mejor que guardes el cuchillo y te vengas con nosotros. Se miraron el uno al otro. Unos copos de nieve ligeros y diminutos empezaron a caer entre los dos hombres.

Nevaba y, encima de la gorra de oficial, se había acumulado una fina capa blanca. Er ist hinüber zu den Russen geflohen? La nieve crujía bajo sus pies mientras se alejaban. No podrían investigar a todos los que…. Ambos respiraban pesadamente, inclinados el uno hacia el otro, expuestos a un viento que no tardaba en borrar el vaho que surgía de sus bocas. Sindre no es un buen soldado. Probablemente, tampoco sea buena persona.

Edvard miró a Gudbrand. Los rumores de que Hitler ya no estaba ganando en todos los frentes habían empezado a llegar hasta ellos. Aun así, el flujo de voluntarios noruegos seguía aumentando, y Daniel y Sindre ya habían sido sustituidos por dos chicos de Tynset. Caras siempre nuevas y jóvenes. Algunos permanecían en la memoria, otros serían olvidados en cuanto desapareciesen.

Daniel era uno de los que Edvard recordaría, lo sabía. Como también sabía que, en poco tiempo, la cara de Sindre se habría borrado de su memoria. El pequeño Edvard cumpliría dos años dentro de unos días. Decidió no pensar en ello. Que aquí andamos siempre tan encorvados que, cuando volvamos a Noruega, pareceremos jorobados. Gudbrand se despertó bruscamente. Parpadeó en la oscuridad, pero sólo vio las tablas de la litera de arriba.

Olía a leña acida y a tierra. Los otros hombres aseguraban que ya no los despertaban sus gritos. Notó que recuperaba el pulso. Le picaba el costado, como si las pulgas no durmiesen nunca.

Y la respiración jadeante y aterrada. Así era el sueño: Después, silencio, y allí, en el suelo, una masa de piel sangrienta, informe.

Entonces el hombre que se ocultaba en el umbral salía de la oscuridad para quedar bajo el delgado haz de luz de la luna, tan delgado que sólo iluminaba una mitad de su cara. Pero esta noche el sueño había tenido un componente nuevo. Seguía saliendo humo de la boca del fusil y el hombre sonreía como siempre, pero tenía un gran agujero negro en la frente.

Y cuando se volvió, Gudbrand pudo ver la luna a través del agujero de la cabeza. Cuando Gudbrand notó la corriente helada que entraba por la puerta abierta, volvió la cabeza y sintió frío al ver la figura oscura que llenaba el umbral. La figura entró en la habitación, pero estaba demasiado oscuro para que Gudbrand pudiera ver quién era. La voz era alta y clara.

Se oía un murmullo de descontento desde las otras literas. Edvard se acercó a la litera de Gudbrand. Bajó las piernas de la litera y sacó las botas de debajo de la manta.

Solía guardarlas allí cuando dormía para que las suelas mojadas no se congelasen. Se puso el abrigo que estaba encima de la delgada manta de lana, y siguió a Edvard. Las estrellas brillaban, pero el cielo nocturno había empezado a palidecer por el este.

Llegaron ayer, y acaban de regresar de su primera excursión a tierra de nadie. Dale estaba en medio de la trinchera en una posición un tanto extraña: Se había atado la bufanda alrededor del mentón, y la cara delgada y demacrada con los ojos cerrados y hundidos le otorgaba un aspecto de mendigo. Gudbrand notó que el corazón se le aceleraba. El frío le mordía las mejillas, pero todavía no había conseguido sacudirse la somnolencia que arrastraba desde la litera.

La trinchera era tan estrecha que tenían que ir en fila, y sentía la mirada de Edvard en la nuca. Una fina capa de nieve que había caído en la trinchera cubría el uniforme y llevaba la cabeza cubierta por un saco de leña.

Edvard sacó del bolsillo un fino cigarrillo que tenía a medio fumar y lo encendió con la cerilla que llevaba en la mano. Lo pasó después de dar un par de caladas y dijo:. Y sólo incineran durante el día para que los rusos no tengan luz para apuntar.

Alguien debe de haber recogido a Daniel de allí esta noche. Esta primavera nos tropezamos con él otra vez. Bueno, al menos, con lo que los zorros habían dejado de él. Edvard había cerrado un ojo y lo miró con el otro, con el ojo de cíclope.

Gudbrand se tomó su tiempo con el cigarrillo. Y hay huellas de trineo en la nieve, por allí. Edvard no contestó pero, claramente irritado, le arrancó a Dale de un tirón lo que quedaba del cigarrillo y vio con disgusto que estaba mojado. Dale se quitó unas briznas de tabaco de la lengua y miró de reojo. Siempre hacía lo mismo, no sabía por qué, pero no soportaba ver colillas humeantes.

La nieve emitió un lamento cuando la aplastó con el tacón. Porque no creo que sea Daniel. Y la misma identificación de pelotón en la casaca. Sin detenernos a mirar. Quítale el saco de la cara, Dale. Dale observó sin comprender a los dos hombres que se miraban como dos toros listos para embestirse.

Dale seguía vacilando y mirando a Edvard, a Gudbrand y a la figura rígida que yacía sobre las cajas de munición. Se encogió de hombros, se desabotonó la casaca de camuflaje y metió la mano para buscar la navaja. A Gudbrand le daban ganas de arrancarle al jefe de pelotón aquel ojo enorme de mirada pertinaz. Una rata con ojos de rata y cerebro de rata.

Allí, a la luz roja del nuevo amanecer, una cara blanca con una mueca espantosa los miró con un tercer ojo negro abierto en la frente. Era Daniel, no cabía la menor duda.

Bernt Brandhaug miró el reloj y frunció el entrecejo: A un extremo de la mesa estaba sentado Kurt Meirik del CNI, junto a Rakel, que llevaba en el pelo un pasador nada vistoso, un traje que denotaba ambición y que lucía una expresión severa en el rostro. Brandhaug pensó que aquel traje parecía demasiado caro para una secretaria. No acababa de formular aquel pensamiento cuando le vino a la mente lo sucedido la noche anterior.

Había llevado a Lise, la joven aspirante de Exteriores, a lo que él llamaba una pequeña cena de horas extras. Después la había invitado a tomar una copa en el hotel Continental, donde Exteriores disponía de una sala destinada a reuniones que requerían especial discreción.

Lise no se había hecho de rogar, era una chica ambiciosa. Pero la tentativa culminó en fracaso. Doy por supuesto que no debo subrayar la naturaleza confidencial de esta reunión pero, aun así, lo hare, ante la eventualidad de que no todos los presentes tengan la experiencia necesaria en este tipo de asuntos.

Miró fugazmente a todos los presentes, salvo a Rakel, indicando así que el aviso iba por ella. Y, desde luego, lo han informado de que debe mantener en secreto lo ocurrido. Ahora, permitidme que os facilite una breve actualización de la situación.

Miró a cada uno de ellos. Todos lo observaban intrigados, ansiosos de oír lo que Bernt Brandhaug tuviese que contarles. Era justo lo que necesitaba para aliviar la desazón que había sentido hacía unos segundos. Sufrió daños en una vértebra y hemorragias internas, pero el chaleco antibalas lo salvó.

Siento que no hayamos podido obtener antes esta información, pero, por razones obvias, se ha procurado reducir al mínimo el intercambio de comunicación al respecto.

Tan sólo la información estrictamente necesaria ha circulado entre los conocedores de la misión. Un embarazoso silencio inundó la sala. Brandhaug sonrió y se disculpó con un gesto, como queriendo decir: Puedo deciros que, después de la intervención, lo llevaron en avión a un hospital militar de Alemania. En realidad, era el siguiente de su lista, pero lo disgustaba que lo interrumpiesen de esa forma-.

Si los informes son correctos, sólo transcurrieron doce minutos hasta que el agente recibió los primeros cuidados médicos. Y el embajador estadounidense comparte esta opinión. Es decir, sí debía estar allí, pero el oficial de enlace noruego que vigilaba el lugar debía haber sido informado de ello. A posteriori, se puede pensar que debería haberlo hecho. Bernt Brandhaug movió los dedos de arriba abajo como si quisiera cortar las frases en las porciones adecuadas.

Sin embargo, son oficiales de policía corrientes, sin experiencia alguna en el grado de confidencialidad que hay que guardar en este caso. Una sola palabra de alguno de los que han tenido algo que ver y…. De hecho, lo dijo del mismo modo en que uno le explica a un extranjero que Noruega tiene un rey y que su capital se llama Oslo-. Olvida la retórica de los políticos. La ayuda del Plan Marshall. Los que estamos aquí hemos trabajado duro para llegar al lugar que hoy ocupamos. Brandhaug dejó la frase inconclusa, en el aire, mientras paseaba la mirada por los rostros de los congregados.

Brandhaug la miraba con sorpresa e interés. Sorpresa ante el hecho de que ella hubiese entendido sus intenciones con tanta rapidez; interés, porque comprendió que, decididamente, podrían contar con ella.

El día que se sepa que un policía noruego le disparó a un agente del SS, tenemos que tener lista nuestra versión -explicó-. Ésta es una versión aceptable tanto para nosotros como para los norteamericanos. El desafío consiste en conseguir que los medios de comunicación se la crean. Y ahí es donde…. Que la intención de esa persona no fuese la de atentar no altera ese hecho. Le encantaba esa palabra. Parecía revestida de una armadura, una palabra casi invencible, porque exigía la autoridad propia de la lógica-.

Brandhaug sintió una punzada de irritación. Como si quisiera indicar que su guión era una comedia. Le concederemos el grado de comisario. De modo que Brandhaug continuó. Es decir, estaremos peor. Dicho de otra manera: Sin intromisiones -completó Rakel esbozando media sonrisa-. Me figuro que encontraremos el modo de describir adecuadamente el cometido de comisario. Ellen miró a Tom Waaler, que acababa de meter una cinta en el equipo y había subido tanto el volumen que hacía vibrar el salpicadero.

La penetrante voz de falsete del vocalista perforaba los tímpanos de Ellen. Ellen no quería herir sus sentimientos, de modo que sólo hizo un gesto afirmativo.

O por lo menos, hasta que se disolviese la pareja Tom Waaler-Ellen Gjelten. Todo el mundo sabía que en primavera, el nuevo puesto de comisario sería para Tom. Ya habían llamado a la puerta de su piso de la calle Sofie y constatado que no estaba en casa. O que no quería abrirles. O que no estaba en condiciones de abrir.

Ellen se temía lo peor. Miró a la gente que se apresuraba por las aceras. También sus caras aparecían torcidas y con formas extrañas, como reflejadas en los espejos de una feria. Puedes esperar en el coche, mientras yo entro. A lo mejor ya llevaba tiempo allí y ella no se había dado cuenta. El alcohol había empañado casi todo el azul de su iris y tenía las manos grandes como sartenes y muy sucias. Ellen notó el olor dulzón a sudor y a borrachera añeja cuando pasó a su lado.

En el interior había un ambiente de silencio matinal. Sólo cuatro de las mesas estaban ocupadas. Ellen había estado allí antes, hacía mucho tiempo, y, por lo que recordaba, nada había cambiado.

Las mismas fotos antiguas de Oslo colgaban de las paredes de color ocre que, junto con el techo de cristal, otorgaban al lugar un leve toque de pub inglés. Muy leve, en su opinión. Al fondo de la barra fumaba una camarera con delantal que observaba a Ellen con escaso interés. En el rincón del fondo, junto a la ventana, estaba Harry, con la cabeza inclinada. Tenía ante sí una pinta de cerveza vacía. No dijo nada de la gravedad de la herida. Queremos verte de vuelta en el trabajo.

Ellen empujó una pequeña carpeta transparente que había puesto sobre la mesa y en cuyo interior se veía el reverso de un papel rosa. Y con el doctor Aune. Llévale la copia de esta solicitud de baja. Su mirada vagó hasta detenerse en la ventana, que tenía un cristal teñido y rugoso. Probablemente para evitar que se viese desde fuera a la gente que había dentro. Yo en tu lugar, no apostaría por ello. Levantó la cabeza lo suficiente para que Ellen pudiera ver sus ojos enrojecidos.

Suspiró y se volvió de nuevo para mirar la ventana. Ellen levantó la voz y vio por el rabillo del ojo que la mujer que había a su lado en la barra los miraba con creciente interés, tal vez esperase presenciar una buena bronca.

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